Porqué..



En tu ventana afligida
posaba el viento sus alas
batiendo
las arenas silenciosas
llenas de intentos.

Intentos de papeles y más papeles
susurrados por mis tres cielos
tardíos
de silbidos y esperas
solitarias.

Solitarias entrañas
las que me reviven por leguas
dormidas
en las eternas mortajas
de porqués.

Porqués re-encontrados
y entregados a la ausencia
embelesada
de la noche que acaricia
silenciosa y distante

tu amargura.


© Beatriz Morín

Expiación



Levanté la mano gastando el último suspiro.
Mi nada yacía suspendida del techo
susurrando un leve chasquido.
La luz se ocultaba sigilosa detrás de la bombilla
desafiando las húmedas gravedades.
Arrastrando consigo mi alma
jugaba una lágrima,
desvaneciéndose juntas
en el lejano horizonte de una mejilla.
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No hubo tiempo para voces.
No hubo sed ni hubo gargantas.
No se rasgaron los templos.

Ni hubo panes,
ni hubo peces.

© Beatriz Morín

Cadencia imperfecta


Caen esta noche los párpados
sobre desiertos repletos de síes y de noes.
Apenas una lágrima les sigue a hurtadillas.
Se derraman las luces en las estancias vidriosas
en busca de los vértices de un labio:
el único capaz de pronunciar el último beso.

© Beatriz Morín

Hoy también



Hoy puede que sea como hoy.

Se me ha vuelto costumbre hablar con mi reflejo.
Bajar los escalones de tres en tres,
andar en silencio entre los almendros,
masticar lágrimas, ladrar suspiros...

Bajo mis pies; corteza.
Bajo mis manos; tus manos.

Hoy puede que sea como hoy.
Exactamente también.


© Beatriz Morín

De paso



La noche se despide con venideros vientos.
De la mano de un adiós parpadea la luna en el quicio.
Sólo queda el tiempo, las horas heladas, la bruma
cansada por la quietud de la espera.

Los días se sumergen en el abismo...

No hay programa de mano.
Sólo silencio.

© Beatriz Morín

Recuerdo el Frío


Recuerdo el momento exacto en que nací.
La vida se deslizaba entre mis manos
diluyéndose en el oscuro vacío que dejaba atrás el diez y su infinito.

Recuerdo la última hoja caída y la última curva.
Recuerdo el frío.

© Beatriz Morín